Dulce Adicción

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Dulce Adicción

Mensaje por Sayuri el Miér Ago 03, 2016 7:28 am

¿Algunas vez pensaste que hacer cuando el amor que sientes por otra persona es algo prohibido? ¿Te has puesto a sopesar la realidad de tu vida y las miradas que pueden recaer sobre ti, con tan solo un beso de ese ser que tanto amas? Si no es así, no podrás comprender la mente de Sayuri y lo complicado que era su sentir en aquel momento, tan contrapuesto a lo que ella sabía era correcto.

La joven de cabellos rosados, hibrida de gato y demonio por nacimiento, estaba completamente enamorada, pero no del hombre que escogió como compañero durante toda su vida, porque si bien antes había creído que su esposo era lo que necesitaba para vivir y con quien nunca más desearía siquiera mirar a otro hombre, las cosas cambiaron tras una noche de tragos y recuerdos borrosos, todo porque sin siquiera habérselo propuesto en realidad, había acabado en la cama de otro hombre, alguien que nunca creyó miraría como más que un amigo, un cercano… o tan siquiera un familiar, porque eso era Izaya, su primo.

Puede que en su infancia y gran parte de su crecimiento le hubiera perseguido como un pequeño pollito a una gallina, gozando de su compañía, intentando imitarlo en sus juegos a pesar de que siempre terminaba mal parada con sus actos. A veces eran raspones, otras el vecino persiguiéndoles con una escopeta para cobrar venganza tras haberle robado una gallina que su felino primo juraba seria deliciosa para la cena, per, aun cuando los problemas fueran grandes y los castigos peores, ella era feliz mientras lo tuviera a su lado, siempre fue así. Pero para mal o bien, el destino los había separado en una etapa de madures por la cual no pudieron mantener contacto, acabando por encontrarse sin siquiera pensarlo nuevamente con sus vidas hechas, pero con el afecto aun intacto, era como si el destino mismo los quisiera tener lado a lado, o eso es lo que Sayuri siempre pensó.

El problema con el destino es que este es siempre tramposo, a veces puede llevarte al mejor de los paraísos como otras veces derrumbarte sin siquiera darte oportunidad a volver a levantarte, la vida era así, los sentimientos también, pero Sayuri no comprendía como tuvo que caer tan bajo, para sentirse tan libre y plena.

La noche de su reencuentro, luego de años de separación donde la felina conoció a otro hombre con quien contrajo nupcias, fue un completo descontrol entre ella y su adorado primo, si bien todo inicio como un pequeño jugueteo ocasional, con el pasar de las horas y la desinhibición que provoca el alcohol, todo cambio. Primero fueron palabras extrañas, luego pequeñas y suaves caricias para acabar en demandantes besos que secundaron la más pura y placentera lujuria, fundiéndose en el cuerpo del otro, bebiendo aquel sabor prohibido de sus labios, sintiendo el frenético vaivén de sus cuerpos unidos y rompiendo cualquier tipo de tabú que antes les pudo haber frenado.

A la mañana siguiente, cuando la luz le dio de lleno a Sayuri, develando el crimen que había cometido, no supo que hacer, por un lado su corazón se sentía completamente vivo, retumbando en su pecho desenfrenado, mientras que a su vez la culpa le carcomía. No era el tipo de persona que traicionaba a otros, muchos menos a un hombre a quien le había jurado amor eterno pero entonces ¿Por qué había estado con Izaya? ¿Qué le impulsaba a pecar de aquel modo con su primo? Ella no comprendía, no sabía nada de su sentir y por un lado hubiera preferido escapar sin mirar atrás, pero sus acciones fueron tardías, en menos de cinco minutos los brazos del contrario le atrajeron, sus labios fueron reclamados y en cuanto su nombre fue dicho con ese timbre tan característico de Izaya todo cobro sentido para la gata.

Aquello que sentía por él no era simple lujuria, no era necesidad, sencillamente era una combinación de todos los sentimientos que había estado albergando con el correr de los años, porque sin siquiera desearlo o ser consiente del momento en que sucedió, Sayuri se había enamorado total y perdidamente de él, acabando por demostrárselo una y otra vez aquel día, gimiendo su nombre, exclamando palabras de amor en un tono ronco y cortado, dejando que la tuviera en cuerpo y alma como si nada más en el mundo importara porque, cuando el amor es grande, la realidad se pierde y ella estaba sumida en la más preciosa oscuridad.

Ahora puede que me digas que eso es incorrecto, inmoral, simplemente repudiable desde cualquier ángulo porque aunque ella no estuviera casada seguían teniendo lazos de sangre… sin embargo, quiero que me digas algo ¿Nunca antes anhelaste algo que no podías tener? ¿Jamás quisiste tener entre tus brazos a ese ser que tanto amaste para nunca más dejarlo ir? ¿Te crees tan fuerte como para negarte al más primario y bello, pero al mismo tiempo lastimero sentimiento?

Bien dicen que quien esté libre de pecado que lance la primera roca, y si eres sincero con tu sentir no deberías ni siquiera repudiar a la pobre fémina quien, aunque lo deseara no podía dejar de amar a su primo como lo hacía.

Con Izaya todo era diferente, sus besos eran fuertes y placenteros, sus manos eran suaves pero tan seguras al tocarla, era evidente cuanto la conocía para que con tan solo una palabra o mirada pudiera derretirla, pero su día a día no acaba ahí, tras cada momento a su lado, por cada beso que le entregaba al demonio, debía regresar a su hogar y enfrentar a su marido de nuevo. No es que jamás pensara en abandonarlo para ir con el contrario, solo que… todo era tan complicado, aquel hombre no era malo, la trataba como un pequeño tesoro, pero no era Izaya, simplemente no era su primo y por ello no podía amarlo con la misma intensidad.

Por esto es que pecaba, por lo mismo cada noche extrañaba el calor del demonio a su lado mientras que por las mañanas añoraba que fuera él quien estuviese en su cama. Sí, todo en su vida se complicaba, todo podía solucionarse de manera simple pero ¿Quién le aseguraba que sería eterno? ¿Qué su amor por aquel con el cual transgredía las normas sociales valía el tabú del cual eran culpables? Ella tenía miedo, estaba aterrada de los resultados, pero aun así no podía parar, no podía detenerse, no quería hacerlo...

Porque él, porque su primo, era su más dulce adicción.

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