Por favor no me veas... no lo hagas.

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Por favor no me veas... no lo hagas.

Mensaje por Daniel el Vie Dic 16, 2016 10:23 pm

Daniel pese a todo era un chico afortunado y así lo creía él, puesto que en sus constantes paseos por la plaza cercana a su instituto, solía encontrarse muchas cosas pequeñas y brillantes, desde monedas a gemas de gran valor, las cuales el joven coleccionaba o vendía, incluso permutaba si se daba la oportunidad. Cierto día, el chico se encontró una billetera, esta contenía una gran suma de dinero y diversas tarjetas, Daniel no se fijó en cuanto dinero había, pero si buscó con cierto desespero alguna identificación y por suerte, había una. Para alguien como Daniel sería horrible perder algo así, por ello es que se apresuró en ir a la comisaría más cercana a entregarla como objeto perdido, pero lo que él no podría llegar a imaginar es que algo así no era tan valioso para aquellos que ostentaban el título de amo. Aún así, ilusionado y preocupado, pasó durante toda una semana a la comisaría a preguntar si el objeto habría sido reclamado solo para poder quedarse tranquilo, no por esperar algun tipo de recompensa. Día tras día la respuesta era la misma, nadie con ese nombre había pasado por allí, nadie había preguntado por el objeto en cuestión. No importó si llovía o nevaba, Daniel fue todos los días, en la comisaría le reconocían fácilmente y apenas este llegaba le saludaban amistosamente, indicándole lo mismo todos los días.

Al cabo del doceavo día, el policía a cargo se conmovió por la actitud del chico y le dijo que si habían ido por la billetera, Daniel al saber aquello sonrió expresando la gran alegría que sintió por saber eso, sin poner en duda lo que un oficial de policía podría decirle. Aquello era una mentira, una pequeña mentira, pero de esa manera podrían dejar contento a Daniel y evitar que siguiese yendo por el mismo asunto, el cual era un total caso perdido. Además, debido a que el chico no salía temprano de sus clases, siempre se le veía pasar tarde y solo en una dirección ajena a la ruta normal hacia su domicilio, lo cual podría generar problemas entre la policía y el mercado legal. El oficial, como muestra de la simpatía que le daba el muchacho, le dijo que el hombre que reconoció la billetera como propia le había dejado algo, ese algo eran unas entradas al zoológico y al parque acuático, válidas para cualquier momento del año. Daniel al recibir ese regalo se emocionó mucho, jamás había tenido la oportunidad de visitar ninguno de los dos sitios al estar siempre ocupado en sus estudios y sus quehaceres en la tienda legal. Agradecido con el policía, se retiró del sitio expresándoles su alegría con una nueva sonrisa, una inocente y afable, ante la cual el policía sintió que pese a ser parte de una mentira, aquello fue lo mejor.

Esperó a que fuese sábado y tras prepararse se dirigió al zoológico, sería su primer viaje, por lo que tuvo que vender bastantes cosas de su pequeña colección de piedras para poder conseguir algo de dinero con el cual comprar algún recuerdo que colocar en su habitación. No llevó mochila ni bolso, metió lo que pudo en sus bolsillos y de lo único que dijo que se preocuparía sería de sacar muchas fotografías, pero por descuidado olvidó el teléfono en su casa y no fue hasta que estuvo ya dentro del zoológico en que se acordó, pero a esas alturas no tenía sentido ya el regresar. Se sorprendió por la facilidad con la que ingresó, no había mucha gente a esa hora, quizás por el clima o tal vez por ser un sábado muy temprano. Daniel dio poco tiempo a preocuparse por eso, él solo quería recorrer el sitio y disfrutar de todo lo lindo que parecía ofrecer. Entusiasmado se encaminó hacia el frente buscando primero un mapa del sitio, el zoológico era muy grande, demasiado para él, pero se memorizó el camino que más le importaba: la zona de jirafas. Nunca había visto una y deseaba hacerlo, entre sus conocidos en la tienda, ninguno de estos era jirafa o siquiera conocían a alguna, pero afirmaban que en el zoológico si debían quedar cuidadas de los cazadores o de otros males.

Una vez decidió el mejor camino comenzó a andar, miró con gran ilusión los diferentes hábitats para las razas que tenían allí, siendo animales realmente impresionantes, mucho más que las razas que él ha sido capaz de apreciar. A medida que fue viendo la primera zona, sintió como la temperatura ambiente fue disminuyendo, lo cual le tornaba un tanto sensible, pero no se dejó detener solo por ello, ajustó bien la bufanda en su cuello y la chaqueta para que así su cuerpo mantuviese el calor normal durante más tiempo. Pasó alrededor de una hora y Daniel llevaba apenas una ínfima parte recorrida, no porque el sitio fuese imposible de ver en un día, sino que el joven caminaba muy lento y un tanto errático. Estaba enfermo, se notaba en la rojiza coloración de su rostro, Daniel no sabía, pero estaba resfriado e iba con fiebre, lo que le hizo desabrigarse más de la cuenta y vagar por el sitio en busca de algún baño. Su prioridad en esos momentos fue lavarse la cara, sin mayor razón, solo creía que de esa manera se sentiría mejor.

Dio por fortuna con un baño público y entró al primero que encontró, era el femenino y por mera casualidad, no había nadie dentro. Avanzó hasta el muro contrario a la entrada, en el último lavamanos y allí se sostuvo viéndose al enorme espejo frente a él. Se percató de lo afiebrado que estaba al verse mal, pero no pudo hacer mucho ya que, tras un minuto a lo sumo, el chico cayó al suelo desmayado. Tras varios minutos más despertó, pero no como el joven de cabellera celeste, sino como el pingüino que también era. Debiso a su inestable salud, era normal que cambiase a esa forma para no resentirse tanto, el problema con ello es que al estar fuera de la tienda nadie le reconocería allí, salvo por el collar obviamente, el cual se ajustó a su cuello tras la transformación. Sus ropas quedaron en el suelo y el pingüino sobre estas, sabía que estaba en una forma animal, pero inevitablemente quedó dormido un poco más.

No es hasta que escuchó un grito femenino que se despertó, habiendo pasado mucho tiempo ya y por instinto, lo primero que hace es buscar entre la ropa que quedó la pequeña bolsa de género blanco que siempre llevaba, teniendo resguardado en su interior el fragmento de gema que completaba la que el chico tenía. Aquel era su bien más preciado, Daniel llegaría a dar la vida por esta, así de importante era para él. Una vez sostuvo la bolsita, se arrastró en su vientre y se escondió lo mejor que pudo bajo el espacio de los lavamanos. Tenía temor de que le arrebataran su piedra, pero estando tan mal no podía hacer mucho salvo esconderse, en ese momento ni siquiera pensó que se encontraba en n zoológico y que si le encontraban, seguramente le apresarían o le meterían junto a los que se exhibían.


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Re: Por favor no me veas... no lo hagas.

Mensaje por Aoi Sakurai el Sáb Ene 14, 2017 9:59 am

Para muchos un sábado por la mañana era el tiempo en el cual intentaban recuperarse de una resaca, pero para Aoi no era así, no solo porque ese tipo de fiestas de tomar hasta morir no eran lo suyo, sino que, había hecho planes con sus amigas motivo principal de deber despertarse temprano, dejando a su hermano completamente dormido en la morada conforme ella se disponía a  salir.

El clima externo era fresco, no tanto como en la temporada invernal de Myr, pero si podía apreciarse una frialdad nata que a gente de tiempos anteriores a la isla, seguramente les recordaría al otoño. La fémina caminaba apaciblemente, iba con tiempo de sobra para llegar al zoológico donde se habían citado con algunas compañeras de clase, las hojas impulsadas por la fría brisa que mecía sus largos cabellos, llegaban a acariciar sus sonrojadas mejillas, la poca gente que transitaba por la zona no dejaban de quitarle la mirada de encima, posiblemente debido a lo ligera de ropa que iba a comparación del resto del gentío, o quizás, por la curiosa manera en que de sus largas botas emergían la curiosa forma de unas cabezas de gato bien aferradas a sus piernas, todo gracias a las largas calcetas que poseían dicha forma, siendo un accesorio un tanto diferente de ver en chicas de su edad, pero que a ella no le importaba, porque Aoi amaba a los animales, en especial a los gatos y si veía algo que podía llevar puesto con la felina forma, seguramente lo compraría y estrenaría al instante.

Volviendo al tema, la muchacha finalmente había llegado al zoológico, esperando en la entrada la llegada de sus amigas quienes, tras diez minutos no hacían acto de presencia, preocupando a la pelinegra, y no porque temiera que algo les hubiera ocurrido, sabía que de ser así ya se hubiera enterado, sino que, empezaba a creer que la habían dejado plantada por andar de fiesta con sus parejas, y si, pese a lo curioso que aquello sonara, de su grupo de amigas Aoi era la única que permanecía en la soltería, quizás porque aún no encontraba a ningún chico que llegaba sus expectativas.

Diez, quince y veinte fueron los minutos que aguardo hasta que su celular empezó a sonar con insistencia, dejándole ver mensajes donde efectivamente las sospechas de la joven amante de los gatos se hacían realidad, al parecer todas y cada una de sus amigas habían cambiado de planes a último momento, dejándole completamente abandonada, cosa que no hacía más que frustrar el normalmente agradable genio femenino. Sin embargo, cuanto más se enojaba, mas entraba en razón, es decir, si sus amigas estaban tan enfrascadas en aquellos tipos que las dejarían al mes -después de todo pese a no decirlo, Aoi no guardaba muchas esperanzas en las parejas ajenas -ella podría divertiste sin necesidad de tenerlas cercas, y aquel día lo demostraría, iniciando con un pequeño recorrido por el zoológico.


- ¿A dónde debería ir primero? -un largo suspiro abandono sus labios, no tenía idea de qué camino tomar muy a pesar de que le hubieran otorgado un pequeño mapa del establecimiento apenas pago la entrada, debido a que sus planes iniciales habían sido ir con más gente, y si bien el solitario te da una especie de manejo completo sobre el que hacer, te brinda tantas posibilidades quitándote la supuesta espontaneidad y el tiempo que se gasta en optar por un buen sendero - Mejor ir al baño primero -acomodando el mapa dentro de un pequeño bolso que cargaba consigo, se dispuso a llegar a los baños femeninos, apurando el paso tras oír un sonoro grito, seguido de una mujer que huía espantada del año ¿Que había pasado ahí dentro? ¿Acaso alguna pantera, puma o serpiente venenosa se había escapado llegando al baño? Curiosa y temeraria, Aoi no demoro nada en ingresar, cerrando la puerta tras de sí para evitar que lo que fuera se escapara, peor grande fue su sorpresa al ser lo primero que noto, ropa masculina, cosa que le invitaba a agacharse e inspeccionar todo, como si de una brillante detective se tratara, pero antes de tan solo meter su mano dentro del bolsillo del pantalón, se topó con un azulado, pequeño, y a su parecer, tembloroso animalito escondido bajo el lavado del baño - ¿Eh? -sus ojos brillaban de pura emoción cuando vio al pequeño animal, era la primera vez que veía un pingüino en vivo y directo, y más aun con tan peculiar apariencia, para ella ese azulado espécimen era la cosa más rechonchamente adorable que hubiera tenido el placer de ver y ahora deseaba tocarlo, terminando por extender su mano hacia él, chasqueando suavemente sus dedos como si se tratara de un perro, esperando que se acercara a ella quien no dejaba de llamarle en voz suave, confiable, con aquel timbre vocal que te invita a confiar ciegamente en una persona, pero todo se cortó tras escuchar pasos presurosos acercarse, acompañados por susurros que no profetizaban nada bueno para el pequeño animal - Discúlpame por esto -rápidamente tomo la ropa esparcida en el suelo, cubriendo al pequeñín con la camisa y chaqueta, atrayéndolo hacia sí, abrazándolo contra su pecho para luego emprender el escape antes de que alguien fuese por él, porque de alguna manera sabía que nada bueno le traería el destino a su azulado amigo si permitía que otra persona lo llevara. Pero ahora, habían dos problemas, andaba paseándose con una bola de ropa masculina que albergaba un pequeño animal del zoológico, por el cual seguramente podrían llegar a arrestarle tras acusarla de haberlo robando, logrando que su hermano se sumergiera en una burbuja de depresión por no tenerla cerca. Si lo pensaba así, lo más lógico era deshacerse del animal, pero tras haber destapado su cabeza y apreciar sus pequeños ojos, su corazón se había encogido, prácticamente sentía que le estaba pidiendo algo pero no sabía que cosa era aquella que le pedía - Supongo que si te quedas quieto... puedo hacerte pasar por un muñeco de peluche, aunque, te sientes un tanto caliente -según tenía entendido los pingüinos debían estar frescos, pero ese estaba demasiado tibio. Sin saber bien como enfriarlo, removió con su mano libre, una pequeña botella de agua fresca que había llevado consigo dentro del bolso, en caso de necesitar hidratarse y no tener donde ir, terminando por apoyarla al lado del pequeño animal envuelto en ropajes, como si fuese un peluche para dormir, cosa que evidentemente no era, pero quizás la frescura del envase pudiera ayudarle un poco - No había visto esto... pero tienes un collar, será que ¿Eres una mascota? -deteniéndose en una banqueta, la fémina se sentó para luego desenroscar de la maraña de ropa al animal ahora posado sobre su regazo, empezando a analizar con la mirada el dichoso collar, intentando encontrar una placa o algo, porque si bien ella había adivinado que era una mascota, nunca supuso que se trataba de un ser que cambiaba de forma, como la mayoría de los habitantes de aquella isla - ¿Debería entregarte a la policía, o los cuidadores? -no dejaba de mirar al pequeño animal conforme hacia aquellas preguntas en voz alta, que no estaban dirigidas hacia él, sino hacia su propia conciencia particionada entre el deber y placer.

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*Atuendo: I - II

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